LA CARTA TORRIJISTA
Manuel Orestes Nieto
Manuel Orestes Nieto
El 4 de mayo fue un día de derrota electoral, de desconcierto para
la mayoría de los copartidarios del PRD; pero no son ni serán
las pasadas elecciones un golpe mortal al torrijismo.
No sólo no alcanzamos los votos suficientes para alcanzar el
gobierno sino que los resultados colocaron a Juan Carlos Navarro en un tercer
lugar, sin el empate técnico, como vaticinaban encuestas y pronosticaban
asesores y que la realidad desmoronó en las pocas horas del conteo. Ganamos,
sin embargo, significativas posiciones en los Poderes Populares y un segmento
importante de la Asamblea Nacional.
Como nunca antes un presidente de la república se abrogó la
impunidad abierta de hacer la campaña política personalmente, poner al servicio
de esa campaña recursos estatales ante todo el país, violentando la ley
electoral y la propia Constitución.
Pero salvo reproches periodísticos e inútiles denuncias en la
Fiscalía Electoral, se redujo su actuación a un leve pecado venial, una
picardía más a las cuales acostumbró a la población.
El partido de Omar Torrijos, a pesar de los resultados
presidenciales adversos, es un factor en el escenario político para lo que será
o no Panamá en los años inmediatos. Seguir siéndolo, dependerá de las correctas
decisiones que se tomen y que tiene que ser fruto del diálogo, el debate y la
sincerar lo que pasó ante todo el partido.
A la luz de los hechos acaecidos en las elecciones, la Dirección
Nacional del PRD señaló que se realizará una renovación completa de sus estructuras
y emitió el cronograma en esa dirección, con un lapso decidido de un año. Hasta
hoy no hay Directorio Nacional y ni Comisión Política que haya conocido ni
discutido esa decisión.
El partido escogerá a aquellos copartidarios más capaces de guiarlo
en circunstancias evidentemente complejas, tanto en lo interno del PRD como en
el ámbito nacional. No se trata sólo de relevar dirigentes y que con remiendos
más o remiendos menos, todo siga igual; tampoco es ganar tiempo para una
reelección en masa, atornillando mecanismos no democráticos en el interior del
partido.
Hay hechos y situaciones de fondo que se vinieron arrastrando por
años, desde la derrota del 2009, que se enconaron, que no se resolvieron, que
no se valoraron ni corrigieron nunca y que pusieron en duda la unidad de
dientes para fuera; ello se suma, ahora, a los errores de esta campaña perdida.
Una atmósfera de desconfianza entre copartidarios se respiró sin
alivio por años, y acciones que generaban dudas serias enturbiaban la cohesión
orgánica. Y más aún, conductas abiertas, soberbias y retadoras a la doctrina
favorecían al gobierno de Martinelli. Unos pocos ejemplos son los votos
reiteradamente colaboracionistas en la Asamblea, la exhibición de recursos
proselitistas de procedencia gubernamental. Una especie equívoca frenaba la
lucha política bajo el manto sagrado de que enfrentar el accionar del gobierno,
en propaganda o en generar líneas políticas o el discurso del partido y el
candidato, hacía inexorablemente que el PRD perdiera simpatías y puntos ante
los ojos de la sociedad.
Debatir y valorar cómo operó Martinelli en las entrañas del PRD y
cómo no seguirá haciéndolo, tiene que darse.
Hay quienes aún no realizan que es inevitable la refundación
partidaria, que los años de olvido del ideario torrijista tienen que llegar a
su fin, que regresar a su método para liderar y convocar, es lo que corresponde
hacer.
La tumba vacía de Omar Torrijos en Amador es una pena, una vergüenza
confesa, para nosotros. Su mausoleo debe ser llenado de vida, de hombres,
jóvenes y mujeres por la vida de los panameños; con presencias y compromisos
con su legado y culminar su obra, eminentemente social, mucho más allá del
propio PRD, en la conquista de la equidad en un país profundamente desigual, en
sanar las gangrenas de las injusticias y falta de oportunidades, por la
escuela, el centro de salud, la tierra, la carretera, la luz, el agua, la
comida. Por todo lo que él lucho, las batallas que libró, es que el pueblo
reconoció su sinceridad humana y le entregó su confianza y su afecto.
Omar Torrijos fue, ante todo, un patriota, que no se aprovechó de su
poder y nadie duda que el dinero, el enriquecimiento ilícito, no fueron parte
de sus motivaciones. Su herencia fue su obra, su ejemplo, su ideario.
La autenticidad torrijista pasa por poner al país por delante de
cualquier otro interés. La integridad torrijista no pasa por interactuar con el
enemigo de acuerdo a beneficios, poner un precio a un ciudadano, transar
favores por prebendas, ni por el engaño deliberado a los copartidarios con
arreglos secretos a sus espaldas y disponer de recursos ostentosos para
actividades políticas de procedencia nunca explicada.
Por ello, es impostergable corregir las distorsiones que nos minaron
y que pesaron en miles de copartidarios honestos que tienen un solo modo de
vivir la política y su militancia: expresando su lealtad al partido. Pero la
actividad irrefrenable del oportunismo de copartidarios posesionados en el
propio seno del CEN, en la Asamblea, en la estructura que emerge del IX Congreso,
fue atrapando a miembros de base en la circunstancia singular de darle largas a
las inconsistencias de las cúpulas, darse cuenta de hechos incorrectos y
callar, aún con cierta esperanza de esperar que se despejarían dudas.
Este febril accionar hizo que lo individual y lo arribista nos
carcomiera y que lo doctrinal se fuese desdibujando, abriéndose paso el
pragmatismo más descarnado. Esa rueda dentada nos mordió, no sólo las manos
sino la lengua. Participamos así, nos guste o no, en la degradación democrática
colectiva no sólo del PRD sino también del país y que creció como un tumor
maligno.
Los efectos de que se introdujera en nuestra casa partidaria el gusarapo del clientelismo y su hermano mayor del transfuguismo, han sido dañinos como ninguna experiencia colectiva del PRD anterior. Exacerbado en el escenario nacional por el régimen en el poder, concentrado también en el PRD, su clímax fue, literalmente, envilecer a los ciudadanos, manipular su dignidad y la compra-venta de personas, uso de influencias y favores, como herramientas de dominio sobre la sociedad.
Los efectos de que se introdujera en nuestra casa partidaria el gusarapo del clientelismo y su hermano mayor del transfuguismo, han sido dañinos como ninguna experiencia colectiva del PRD anterior. Exacerbado en el escenario nacional por el régimen en el poder, concentrado también en el PRD, su clímax fue, literalmente, envilecer a los ciudadanos, manipular su dignidad y la compra-venta de personas, uso de influencias y favores, como herramientas de dominio sobre la sociedad.
Mientras Martinelli arreciaba esta descomposición y las trasmutaba
en una unipersonal dictadura con trazos de rabietas y desestabilización,
también apostadores profesionales se encaramaron en el PRD; algunos diputados
traicionaron el mandato que se les entregó; otros copartidarios fueron reos del
tirano y sucumbieron. Nada de esto ni ellos no son el PRD de Omar.
En lo que al PRD concierne, la sociedad recibió una imagen manchada,
como si fuese la totalidad de los miembros del partido, de una turba, de
ladrones, de que había quienes transaban con el gobierno.
Lo acontecido en la campaña 2014, tarde o temprano tiene que verse
en su magnitud, aristas y complejidad, pero un elemento fue letal: dejar correr
la especie, sin refutarla a nunca, que existían entendimientos solapados con
Martinelli, que el calificativo “troyanos” implicaba ser cuadros del CD,
incluso en el CEN, la Asamblea y en la estructura del CDN, olímpicamente no
existía. Y más grave aún, que los mismos que se articulaban para negocios
gruesos con Martinelli, financiaban también a Juan Carlos Navarro.
Toda una comparsa -con cantos de sirenas y sonido de cajas
registradoras, cajas fuertes, prebendas, camiones de regalos, efectivo en cartuchos,
jamones del gobierno, en manos de candidatos del PRD- también pasó en forma
irresistible y tentadora, y fue usufructo para los avivatos sin alma
torrijista. Esta impropia práctica de la dádiva electorera también hizo mucho
daño.
Cometimos no sólo errores sino claudicaciones. Permitimos que
algunos nos alquilaran una candidatura en una boleta de votación en el 2009 e
hicieran del partido un hotel de paso, una orgía tránsfuga. Precisamente los
que formaron la cuota decisiva para voltear la Asamblea hacia el gobierno,
hacer de ella un apéndice ejecutivo y una sorna con los Chello Gálvez y los
Camacho como bufones cínicos del reino. Otros supuestos copartidarios se
quedaron en la ambigüedad política, permaneciendo en el PRD como lacayos
interiores.
Martinelli, impuso desde el poder un modelo de degradación cáustica
de la política, sustituyéndola por una autocracia; supo erosionarnos y encontró
eco en supuestos dirigentes nuestras filas y, sencillamente, los reclutó.
La Asamblea Nacional fue una presa visible en la que engulló
diputados sin pudor. Sus conductas claudicantes también contribuyeron a crear
mayores suspicacias en la población sobre nuestro partido. Desencanto y
rechazo, que a la larga contribuyeron a la diezmada votación del 4 de mayo.
En esas condiciones, subterráneas la mayoría de las veces, molimos
toda moral y ética.
Estos daños principales, colaterales existen, y si interesa
restaurar los principios que nos dieron vida y la beligerancia de un partido
llamado a seguir dando aportes a la construcción de la nación, habrá que ver la
raíz que generó esta metamorfosis y no esconderla debajo de una alfombra. Tarde
o temprano estallaría.
El antitorrijismo en el PRD, en nombre de Torrijos, y el
"martinelismo" enquistado en nuestra organización no pueden
continuar. Ya no hay escondrijo posible. No resolver esta situación equivale a
un suicidio orgánico. Poco les importará a los socios con la persona que deja
la presidencia, porque la plata une, más allá de la silla.
Después del 4 de mayo, el PRD y sus bases no deben aceptar más
traiciones, ni simulaciones sutiles; se agotó la mascarada, el doble rostro, el
barniz.
A la corta o a la larga, el torrijismo consecuente llevará
gentilmente a la puerta de salida a aquellos que no son lo que dicen ser.
Tengo la certeza de que el partido valiente -que ha tenido en Omar
su inspiración y que con su liderazgo el pueblo fuese el protagonista de
quebrar para siempre la colonia- se refundará y limpiará su sangre del veneno
de alacranes que le inocularon.
Yo le pido a mis copartidarios, le pido a los torrijistas que en los
campos remotos viven esperando el regreso de Torrijos y que sus padres aún oyen
las aspas del helicóptero de Omar, que sus vidas transcurren en la modestia y
en la pobreza aún no resuelta, a los torrijistas inquebrantables y agradecidos
que mantienen con sencillez y sin lujos a sus familias, a los leales, a los que
nunca se han rajado, a los que no se rinden, que confíen en la ley de la
historia y en su ciclo: el torrijismo tiene una misión histórica que cumplir.
Esa misión no ha culminado y debe cristalizar en una sociedad mucho
mejor. Hacer la patria doméstica, sin domesticados, es esa misión histórica.
Con la yunta del pueblo edificar desde abajo la democracia popular,
participativa, la nación educada y culta, poner fin a la miseria y las
desigualdades.
Omar Torrijos tiene que estar con su ideario a la cabeza de la
marcha restauradora.
Los jóvenes tienen que ser ilustrados en sus enseñanzas y conocer el
alcance de su genio y figura. A pesar de sus detractores y la saña para
minimizar su estatura, los Tratados Torrijos-Carter son la obra cumbre de un
siglo de reivindicaciones históricas, la integración territorial, la
independencia y la soberanía. Por el torrijismo y la unidad nacional que
convocó en la etapa decisiva terminó la colonia y cristalizó la independencia
real el 31 de diciembre de 1999, la que hoy todos los panameños vivimos, aunque
no todos disfrutan ni lejanamente de sus beneficios.
Yo les pido a los torrijistas que con semejante estirpe y legado no
se avergüencen ni un minuto de lo que son, ni permitan que se les denigre, ni
que se les use, ni que se les mienta más. Ni de adentro ni de afuera del
partido. Nadie. Ninguno. Bajo ninguna circunstancia.
Así habrá respeto y confianza en el PRD y no una unidad de saliva,
cacareada, ilusoria y repetidamente traicionada.
La reestructuración total del partido tiene que producirse. Los años
de extravíos debe ser suficiente lección.
En los cruciales desafíos de hoy y del mañana, donde se impone
también la refundación republicana o habrá un descalabro nacional, el diálogo y
los consensos sin ventajas para nadie o se impondrá la prolongación del uso del
poder para intereses particulares, el PRD también está en su encrucijada: o se
refunda o se desfonda.
No sería más que un partido cómplice en una falsa “democracia”, de
hecho ya hay torceduras y paraguas “democráticos” en el país para escabullirse
o imponer voluntades arbitrarias.
Corremos el riesgo de ser un PRD desnaturalizado, un PRD sin
torrijismo.
Por otra parte, el PRD no es el CD sin doctrina, hecho por un
individuo para asaltar el poder; el nuestro, a pesar del entramados que vivimos
hoy y que se despejarán o nos revolcarán irremediablemente, tiene el compromiso
histórico con el país y, fundamentalmente con comprometerse con hacer de Panamá
una nación sin pobreza.
Los mercaderes y su danza de millones pusieron en el abismo a
Panamá, sin que les temblara el pulso y usando la mentira pública como método
para maquillar el insaciable saqueo. Los costos y agujeros económicos inmensos,
la irresponsabilidad monumental con la deuda pública, los “llave en mano”
pendientes, las obras que se han contratado, no están hechas y deberán pagarse,
nos van a costar caro a todos.
Martinelli deja un país minado socialmente, endeudado, saqueado.
Instauró indebidas prácticas desde el gobierno, perversas, trasgresoras de la
ley, para su beneficio. Él no es Omar Torrijos, que sí cambió la historia y que
procuró el Canal panameño.
Martinelli no fue el Cambio, esa fue su primera y enorme mentira.
Cambió sin rubor y gula el tamaño de su fortuna. Quiso, además, fortunas ajenas
o ser socio forzoso y porque se le ocurría, ejerciendo presiones al punto de
causar desconfianza primero y repudio después, entre empresarios, industriales y
comerciantes. Se obsesionó con la hegemonía económica, poseer la más grande que
la de toda la oligarquía junta. Quiso someterla. Tuvo la soberbia que creerse
el dueño de Panamá y que todos -ricos y pobres- debíamos arrodillarnos ante él
como si fuese un Dios.
Estos cinco años fueron un negocio colosal, el robo a todo tren,
ante la vista de todos, usando todos los métodos y subterfugios. Describir la
corrupción de esta impune autocracia tomaría años y demasiado asco.
Las realizaciones sirvieron para sobrecostos triplicados y
quintuplicados, los contratos directos de miles de millones para allegados,
socios y ministros-banqueros. Todo fue tocado: concreto, tierra, playas,
manglares, obras públicas, hospitales, Seguro Social, aeropuertos, migración.
Según su infalible poder, el pueblo debía agradecérselo, darle el
voto, autorizarle la reelección, aplaudirle el invento de un candidato venido a
menos e imponer a su esposa como sello inequívoco del continuismo. Y ocurrió
que se derrumbó y no hay segundo asalto, sino un díscolo maleante destrozando
con odio lo que encuentra a su paso.
Estos cinco años reflotarán por los siglos como el intento de
apropiación de un país por la avaricia de una persona intrusa en la historia
panameña.
Debieron entender que el maltrato social y la impunidad tienen un
costo que pagar. Por ello mismo, es imposible pasar la página sin que
centenares de hechos sean investigados.
La auditoría de todas las obras debe realizarlas el próximo gobierno
panameñista; tiene el elemental deber de hacerlo y desmontar la maquinaria que
el Ejecutivo incrustó en el estado para asegurar la impunidad de sus actos.
Las contrataciones directas, una por una deben ser conocidas y las
sustentaciones que se adujeron para otorgarlas, a quiénes y cómo se
justificaron las adendas y los sobrecostos. O hay transparencia o puede haber
una tapadera, y el pueblo no tiene por qué ser víctima de esa fuga
multimillonaria.
Particularmente, bajo el manto de la democracia irrespetada, de la
cual se abusó mediante un poder que ofendía, denigraba y despreciaba a los
panameños, no es permisible que intente ostentar, como si no hubiese pasado
nada, la representación de la oposición, tal como lo dijo el presidente
saliente en su lamentable, amenazante y larga entrevista, pasadas las elecciones.
Ello lo ha reiterado varias veces más.
Si la democracia panameña no tiene solución para que un tirano se
transforme en opositor “democrático” y nada ocurra, estamos ante una
interrogante aún mayor: si en Panamá la democracia es usada a conveniencia y
por fuerzas económicas capaces de encubrirse entre sí.
Con el CD absolutamente no hay nada que acordar, nada que conversar,
ninguna alianza que imaginar, ningún acercamiento que propiciar.
Por su parte, el panameñismo y su alianza ganaron las elecciones. El pueblo terminó canalizando el voto castigo hacia la candidatura de Juan Carlos Varela. Sus votos partidarios y el de sus aliados, sumados a los de ese descontento silencioso le dieron el triunfo y tenemos que respetarlo como la voluntad del pueblo.
Por su parte, el panameñismo y su alianza ganaron las elecciones. El pueblo terminó canalizando el voto castigo hacia la candidatura de Juan Carlos Varela. Sus votos partidarios y el de sus aliados, sumados a los de ese descontento silencioso le dieron el triunfo y tenemos que respetarlo como la voluntad del pueblo.
Obviamente, ese mandato genera expectativas que desde el gobierno
tendrán que satisfacer. Sin zigzagueos y con la claridad prometida. Con la
adecuada lectura del voto de la fragmentación política y algunas locuras que el
CD antes de terminar y después de concluido su período en el gobierno va seguir
haciendo.
Ganar el Ejecutivo no es una patente de corso; el ejemplo reciente
del abuso lo dice todo. Que quede claro y con todo respeto: Martinelli anduvo y
anda por el PRD y el panameñismo estuvo con él más de dos años en el poder. Sus
votos fueron cruciales para su ascenso.
Si se quiere una democracia salvada, un país que tenga rumbo,
repito, que sea la honestidad y la decencia las que dicten la pauta. Conviene a
todos que la mala ubre no contamine más nuestra tierra. Y más que ello, que
todos tengamos claro que el pueblo existe.
No se trata, pues, de un cambio de figuras en el gobierno. Varela
tiene la palabra y tiene la obligación que todo aquello que quedó inexplicable,
dudoso, abusivo, corrupto, se aclare y que el pueblo no sea el espectador
silente y el que paga lo mal habido. La gestión fue de cinco años, no de tres;
Ministros desaparecieron de las obras públicas y de la salud; otros magos como
Papadimitriu, construyeron ese poder, lo usaron, se fueron e intentaron hacer
ver que eran magos invisibles del presidente electo. Su juguete fue Mi Bus, el
calvario no resuelto del transporte. El Metro tuvo un valor inicial y un valor
final donde también hubo formas de que terminara siendo mucho más caro;
precisamente por ser de los funcionarios que designará el gobierno entrante que
vienen del anterior, incluso con la decisión ya declarada de construir nuevas
líneas futuras; es mejor explicar cada centavo y todas las consultorías de esa
obra. Tocumen parece una piñata y los intereses abundan. Con ello quiero sólo
señalar que la vara alta que prometió el gobierno debe ser honrada y ningún
tema está por fuera.
El panameñismo tiene una bancada minoritaria en la Asamblea.
Martinelli ha dicho repetidamente que la Asamblea Nacional es suya. Va a
tratar, empecinadamente lo hará.
No es suficiente la palabra “gobernabilidad” para conversar con el
nuevo gobierno y PRD, sobre la Asamblea y que tienen obvias ondas expansivas
más allá de ese órgano del estado.
Sabemos que de ello dependen nombramientos vitales, Procuradores,
Contralores, Magistrados de la Corte, el presupuesto de la nación,
instituciones artificialmente creadas y funcionarios nombrados a dos gobiernos
de distancia, y que Martinelli no puede tener el dominio legislativo bajo
ningún concepto.
Y si hay diputados del PRD que creen que pueden ser eternos camaleones, los más vivos y se prestan a cualquier tipo de juego politiquero y complican al país con contubernios abiertos o solapados con el CD, a pesar de que terminó el gobierno pero no así la plata, cada uno sabrá lo que hace, tendrán que asumir su responsabilidad y los costos de sus actos.
Y si hay diputados del PRD que creen que pueden ser eternos camaleones, los más vivos y se prestan a cualquier tipo de juego politiquero y complican al país con contubernios abiertos o solapados con el CD, a pesar de que terminó el gobierno pero no así la plata, cada uno sabrá lo que hace, tendrán que asumir su responsabilidad y los costos de sus actos.
Por otra parte, si se “negocia” interesadamente, por espacios con
nombres propios,, practicando lo mismo que dañó una importante parte de la
política y se hizo, como dicen algunos, del parlamento una cloaca, entonces
vamos muy mal.
El panameñismo y su alianza tienen una responsabilidad y el PRD la
suya. Coincidiremos en el país, en sus necesidades, urgencias y en asegurar su
progreso, bienestar y evitarle dolor social.
Votar a favor de comprobadas leyes o iniciativas favorables al país,
a las mayorías y a los pobres, es correcto, sin condicionar nada. Cada caso,
cada situación de interés nacional puede ser dialogada, sin ataduras previas.
Eso le conviene al nuevo gobierno más que al PRD.
Al PRD le toca el camino de ganar en el país y en su base política
que hay principios y lealtades con Panamá y su avance, no su retroceso.
Veremos en vivo el comportamiento individual de todos nuestros
dirigentes y de los copartidarios electos; veremos su soberbia, su humildad, su
compromiso o su oportunismo; todos hablarán por sí mismos, en la desnuda
conciencia de cada cual veremos de que estamos hechos cada uno de nosotros.
Nada es ya lo mismo y ya no hay cómo estirar la soga sin que reviente.
El torrijismo tiene que erigirse como la oposición política, con su
partido abocado a un proceso de renovación y que no puede arbitrariamente
prolongarse a un año y consumarlo porque así dos o tres personas lo deciden.
Desde esa oposición y con la visión-país insistiremos en construir a
Panamá.
Igualmente, en un amplio espectro de consideraciones nacionales, hay
que valorar el ejemplo inmenso que no da la Concertación Nacional para el
Desarrollo -en el caso de la lucha por erradicar la pobreza y orientar el
destino de recursos que genera la vía interoceánica para combatir a la pobreza-
y lo que debió ser, no fue y puede retomarse.
Asimismo, los contenidos esenciales del Pacto de Estado por la Justicia, como experiencias producidas con diálogos y consensos de amplia participación de la sociedad, que se engavetaron y que deben ser recuperadas, ya que hemos llegado tan lejos como la injusticia y la impunidad campeando.
Asimismo, los contenidos esenciales del Pacto de Estado por la Justicia, como experiencias producidas con diálogos y consensos de amplia participación de la sociedad, que se engavetaron y que deben ser recuperadas, ya que hemos llegado tan lejos como la injusticia y la impunidad campeando.
Todo indica que Panamá tendrá que darse una Constitución para el
siglo XXI. Precisamente para que exista la democracia participativa, un
gobierno descentralizado, fijar límites al presidencialismo, superar las
aberraciones que permiten la impunidad y los atropellos, poder compartir la
riqueza nacional entre todos los panameños.
Los caminos de concretar esa nueva Constitución deben ser
ampliamente consultados y la puesta en vigencia autorizada por el pueblo. El
nuevo presidente, aún comprometido, no aterriza definitivamente lo que
impulsará y debería ser explicado los tiempos de hacerlo.
Por muy complejas que sean las circunstancias que han gravitado
sobre la ampliación del Canal, lo que inevitablemente costará la dilatación de
la puesta en marcha del tercer juego de esclusas, los ingresos que no se recibirán,
el motor tiene que construirse y nos llevará a navegar en altamar.
Panamá no va a encallar, el país tiene que reclamar y no ceder para
que esas ganancias crecientes sean todas para beneficio de cuatro millones de
personas y no para unos cuantos.
En definitiva, lo que corresponde ahora es la expansión de la agenda
social; concentrar los recursos económicos públicos para vencer los males que
perturban a nuestra sociedad y especialmente a los que no tienen recursos. Le
toca al gobierno entrante ser objetivo y no venial en el tema de la educación.
Eso no terminó bien porque aquí no hay ningún nuevo sistema educativo en marcha
y que apoyen todos los actores y toda la sociedad. Decir otra cosa es no una
mentira sino un daño a Panamá.
El PRD no tiene que estar para destruir ideas, personas ni
funcionarios graciosamente. Precisamente por ser parte del pueblo, tiene que
unir sus fuerzas con otros sectores sociales, para que en el país plural se
pueda instaurar la equidad.
Nuestros propios documentos fundamentales nos mandatan a actuar
junto con la sociedad. Desde el año 2001 la declaración de principios señala
que sólo convocando la más amplia participación social los cambios serán
posibles.
Ello implica ajustes internos que nos permitan abrir amplios
espacios y compromisos con diversos actores sociales y relaciones con nuevos
tipos de organizaciones de la sociedad, sin prejuicios ni sectarismos.
El PRD debe ejercer su liderazgo político inmerso en la sociedad y
comprometido con ella; luchar por un proyecto de nación único y de
participación, de profundización democrática y sin exclusiones.
Se trata pues, no sólo de nosotros mismos encerrados en un egoísmo
inadmisible e insostenible.
La pobreza no es una bandera de nadie, está allí, sin agua, sin
comida, sin seguridad, en el país aplastado por el país de la altísima
concentración de la riqueza, dañando seres humanos ante la vista y la
insensibilidad de quienes se titulan todopoderosos.
Integrar los intereses y aspiraciones de sectores sociales diversos, es la vía adecuada para luchar y actuar por un proyecto de nación único y de participación, de profundización democrática, sin exclusiones.
Integrar los intereses y aspiraciones de sectores sociales diversos, es la vía adecuada para luchar y actuar por un proyecto de nación único y de participación, de profundización democrática, sin exclusiones.
Es un paso en la correcta dirección histórica, para fundar, con
responsabilidad histórica, la alianza social, de la cual participemos sin
pretender ser sus dueños.
Después del fin del colonialismo, la tarea nacional es que Panamá
sea el país justo.